Pude pedir ayuda.
Pude buscar alternativas.
Pude tomar decisiones.
Pude prestarle calma a mi hijo aun cuando dentro de mí no todo estaba en calma.
Pude incluso guiar a los médicos a cuidar su lenguaje frente a mi hijo…. Mientras ellos parecían hablar de las heridas de alguien que no estaba allí con ellos.
Y entonces comprendí algo que quiero recordar:
mi fortaleza no apareció cuando dejé de sentir miedo.
Mi fortaleza apareció mientras lo sentía.
Durante mucho tiempo hemos colocado fortaleza y vulnerabilidad en extremos opuestos.
Como si una mujer fuerte fuera aquella a la que nada la desestabiliza.
Como si ser sensible nos hiciera menos capaces.
Como si nuestras emociones fueran un inconveniente que debemos aprender a controlar antes de poder confiar plenamente en nosotras.