Recientemente viví uno de los momentos más vulnerables de mi vida.
Estábamos en el día cinco de unas vacaciones familiares en Baja California.
Era sábado por la tarde. Un día inesperadamente nublado y lluvioso en la playa.
Nos habíamos bañado y vestido con esa intención especial que tenemos cuando estamos de vacaciones y queremos salir a cenar, sentirnos bien y disfrutar la noche.
Antes de ir al restaurante, mi esposo quiso tomar un aperitivo en una cervecería artesanal y yo acompañé a mi hijo a una tienda de juguetes que estaba muy cerca.
Ahí encontró algo que le encantó.
—Le voy a pedir dinero a papá —me dijo emocionado.
Yo todavía no estaba muy convencida de la compra, pero caminamos juntos hacia la cervecería.
Entró.
Le preguntó a su papá.
Su papá le dijo que sí.
Y él, feliz, se dio la vuelta y aceleró el paso para regresar a la tienda.
Lo que ocurrió después tomó apenas unos segundos.
Escuché un golpe fuertísimo.
Luego, el cristal.
Y enseguida, su llanto.
Mi hijo acababa de estrellarse contra una puerta de vidrio que no vio.
Cuando llegué hasta él había sangre.
Mucha.
—Perdón, mamá. No la vi. Perdón…
Todavía puedo escuchar su voz.
Y recuerdo algo más.
Mi cuerpo.
Por un instante sentí que me faltaba el aire.
Como si una parte de mí quisiera colapsar.
Pero frente a mí estaba mi hijo.
—Mamá, no quiero ver la sangre… Mamá, tengo vidrios en la cara.
—No, hijo. No tienes vidrios en la cara. Estás bien. Respira conmigo.
No sabía todavía si realmente estaba bien.
Pero necesitaba prestarle mi calma mientras encontrábamos la respuesta.
Mi esposo salió corriendo por el auto y fuimos al primer centro médico que nos recomendaron.
Entramos.
Miré el lugar.
Un médico revisó rápidamente su rostro y dijo:
—Sí, hay que suturar.
Observé nuevamente alrededor.
Y algo dentro de mí dijo no.
—Aquí no es. Vámonos.
Volvimos al auto.
Y entonces ocurrió algo que hizo todo todavía más difícil:
no sabíamos a dónde ir.
Mi esposo intentaba encontrar una solución. Mi hijo lloraba y temblaba en el asiento trasero. Yo estaba abrazándolo mientras llamaba a una amiga:
—Por favor, dime a qué buen hospital puedo llevarlo ahora mismo. Se cortó la cara con un vidrio.
Mientras esperaba su respuesta, sentía nuevamente el mareo.
El aire que parecía no alcanzarme.
El miedo.
Y al mismo tiempo sabía que no podía dejarme invadir del todo por él.
Así que miré a mi hijo y le dije:
—Mira por la ventana. Dime qué ves.
Entre lágrimas comenzó a nombrar lo que encontraba.
—Ahí está un supermercado…
Respiraba.
—Ahí está un banco…
Seguía llorando.
—Ahí venden autos…
Una tienda.
Otra.
Una más.
Él no lo sabía, pero mientras nombraba aquel mundo que seguía existiendo afuera del auto, estaba intentando ayudarlo a regresar a un lugar seguro dentro de sí.
Y quizá yo estaba haciendo exactamente lo mismo.
Finalmente encontramos el hospital y recibió la atención que necesitaba.
La nariz estaba fracturada.
Una herida requirió 15 puntos.
Otra, cinco más.
Hoy puedo escribirlo sabiendo que está bien.
Pero cuando vuelvo mentalmente a ese auto, todavía puedo sentir en mi cuerpo un tesunami interior, mientras lucía como la mamá perfecta dando auxilios emocionales a mi hijo.
Y hay algo de esa experiencia que no he podido dejar de pensar:
¿Cómo puede una persona sentirse tan vulnerable y, al mismo tiempo, encontrar dentro de sí una fuerza y criterio para actuar?
Creo que encontré parte de la respuesta.
Y tiene mucho que ver con algo que durante años muchas mujeres hemos aprendido a considerar una debilidad.
Nuestra sensibilidad.
Y en mi próximo email…. Quiero contarte más sobre esto.
Porque quizá eso que alguna vez quisiste cambiar, controlar o esconder de ti misma… sea precisamente el lugar donde vive tu fuerza.
Desde mi Sabiduría y Poder,
Maru García Marín
Psicólogo, Coach, Mentor y Trainer en Gestión Emocional y Liderazgo